La luz rayada de sombras ilumina la fina arena del rio. Es la sombra asimétrica que produce la vieja carrilera que viene del malecón. También es el final de la calle, donde el concreto de un ardiente suelo se funde con la alegre arena del rio. Esa que se mete en los zapatos sin avisar. Más allá, al lado de las lanchas bien apiladas, se encuentra Omaira, el único ferry que comunica Ambalema con Gramanotal.
La tarde de hoy es puro descanso para Omaira. Bajo el inclemente sol del domingo se mece feliz sobre el magdalena. Desde hace 21 años el ferry de Ambalema no ha parado de atravesar el rio. Excepto las veces que se ha varado, motivo de descanso obligado. La causa de que descanse un soleado domingo: una hélice y un eje rotos.
Pero el barco de nombre memorable no aguarda sólo. Carlos, un moreno de 12 años, lo acompaña desde el mediodía. Es de esos niños paridos por el propio rio. Esos con pieles de hierro que los jejenes no logran permear. Que desafían sin temor la corriente traicionera del Magdalena. Utiliza a Omaira como trampolín y se lanza con fuerza al rio. Una y otra vez hace lo mismo. Se mete a la cabina y por entre las ventanas mira con curiosidad. “¿Quiere ver el motor?”, “venga mire el motor, es bien grande”, grita mientras mueve el timón.
Carlos se acerca y señala el camino. El sol ha disminuido su intensidad, pero el calor es insoportable. La tarde avanza. La cabina es diminuta. Apenas pueden estar dos personas de pié. En el centro, se encuentra un timón metálico semejante al de un galeón, que contrasta con unas palancas de mando gastadas por el uso.
Atrás, debajo de los controles, hay una especie de cuarto secreto, entumecido por el olor a diesel. El combustible que ha alimentado a Omaira, por más de dos décadas en sus cortos pero memorables trayectos. En aquel cuarto de ventanas cubiertas por plásticos publicitarios, se encuentra el corazón del ferry. Un motor gigantesco que todos denominan “Caterpillar”, en referencia a su fabricante.
De un momento a otro, Carlos hace un ademan y señala con su mano hacia una casa de la rivera. “Allá está Jorge el encargado del barco”, dice, subiéndose sus pantalonetas empapadas de agua. La casa se encuentra cerca al ferry. Es la tienda de doña Isaura. Un bar disfrazado de tienda, que se hace notar por el estruendoso sonido de la música popular.
Poco a poco el sol vuelve a aparecer y hasta la temperatura en la sombra se hace tediosa. El negocio de doña Isaura, que está justo al lado del puente del antiguo ferrocarril, espera por clientes. El lugar se encuentra casi vacio. Un reloj destartalado muestra las tres, y el único cliente acaba de llegar. Es el conductor del ferry del municipio de Ambalema.
El hombre, sentado en una de las mesas, levanta un brazo y doña Isaura reconoce la señal. Inmediatamente coloca una cerveza helada sobre la mesa. Hasta la cerveza parece sudar, debajo de aquella enramada agobiada por el calor. Con movimientos pausados Jorge toma los primeros sorbos. Sin antes saludar, se presenta amablemente y aguarda con curiosidad. Hoy también él descansa, a pesar del buen movimiento que hay los domingos, como él mismo afirma.
Es el primer inconveniente que tiene con Omaira. Desde las seis de la mañana estuvo despierto, esperando a que Omaira estuviera en condiciones de cruzar una y otra vez el rio. “Mire, ya son las tres y media y sigo desocupado”, y continua “malo malo esos repuestos llegan hasta mañana”. De nuevo pide otra cerveza.
Jorge interrumpe la conversación con un grito inesperado. Saluda a un hombre en un vehículo. “Es un cliente habitual de Omaira”, susurra. Se acomoda la gorra y continúa explicando. Dice que desde 1988 el ferry ha transportado centenares de carros y motos, a través de los ciento veinte metros de agua café oscura que separan los muelles. Mientras tanto, se levanta y camina hacia el ferry. Sobre la plataforma de transporte, describe como se montan los vehículos y advierte que el mantenimiento de la maquina es indispensable.
De un salto, Jorge Orjuela se para sobre la vieja cabina y, como un guía turístico profesional, continúa señalando con las manos. Su camisa roja contrasta con el verde y blanco del ferry. Girando el timón, de ese que no se desprende durante todo el día, intenta encender el barco. Un fuerte sonido se escucha, pero es en vano. Omaira no posee las fuerzas de otros días.
Después de las cuatro, cuando la luz ardiente del sol parece esconderse detrás de los arboles de la rivera, el ferry continua aguardando. El conductor de rostro bronceado y ojos escurridizos, casi arrodillado, descarga una botella vacía sobre Omaira. Se sostiene de un gran lazo de amarre sobre la proa de la embarcación y señala un letrero. Con letras en mayúscula, amarillas como el vástago frontal del barco, se lee claramente: FERRY OMAIRA AMBALEMA. Un nombre inolvidable para una máquina inmortal. En memoria de Omaira Sánchez, la niña de Armero, que yace bajo el suelo de las ruinas de la ciudad blanca de Colombia.
De a poco se va formando una nube de jejenes y se acumulan en la rivera. Jorge se levanta y comparte un par de saludos con otro hombre, encargado de una de las lanchas de transporte. Al mismo tiempo, regaña a un niño que brinca desde el ferry al rio. Sobre la plataforma del ferry, construida a partir de tablones de madera burda, comienzan a llegar varias personas. Habitantes de Ambalema, curiosos y turistas. Aprovechan la situación y se toman una que otra fotografía.
Jorge camina de vuelta hacia la tienda de doña Isaura. Se sienta de nuevo en el mismo lugar, en la misma mesa. Y desde lejos se ve como le sirven otra cerveza. Espera que el daño se solucione pronto, debido a que vive del salario que se gana manejando el ferry del municipio. A eso de las cinco, cuando los mosquitos se hacen dueños del rio y la tarde muere, el trayecto en lancha a Gramanotal se hace algo melancólico. En menos de cuatro minutos se pasa de un departamento a otro, y allí, otras historias conviven con el Magdalena. Desde Gramanotal, el ferry de Ambalema se ve diminuto, y en la rivera sólo sobresale la gran torre de la iglesia del pueblo.
De vuelta al municipio, el ruido del motor de la lancha se entremezcla con la música popular de los negocios en la rivera. Mientras la lancha comienza a detenerse, un niño de unos diez años mide la altura del agua para evitar encallar. El recorrido es corto. Es el recorrido diario de Omaira. La máquina que transporta vehículos día y noche a través del rio grande.
En la rivera, ya casi a las seis, la silla de Jorge está vacía, sólo hay botellas de cerveza vacías en la mesa. Desde esa mesa, al lado de las escaleras que conducen al conocido negocio, se ve el rio desaparecer. El mar de agua dulce que pasa indiferente, desaparece con la llegada de la noche, y Omaira, el ferry inmortal de Ambalema, espera que la noche sea corta, para poner fin a su inusual descanso.
La tarde de hoy es puro descanso para Omaira. Bajo el inclemente sol del domingo se mece feliz sobre el magdalena. Desde hace 21 años el ferry de Ambalema no ha parado de atravesar el rio. Excepto las veces que se ha varado, motivo de descanso obligado. La causa de que descanse un soleado domingo: una hélice y un eje rotos.
Pero el barco de nombre memorable no aguarda sólo. Carlos, un moreno de 12 años, lo acompaña desde el mediodía. Es de esos niños paridos por el propio rio. Esos con pieles de hierro que los jejenes no logran permear. Que desafían sin temor la corriente traicionera del Magdalena. Utiliza a Omaira como trampolín y se lanza con fuerza al rio. Una y otra vez hace lo mismo. Se mete a la cabina y por entre las ventanas mira con curiosidad. “¿Quiere ver el motor?”, “venga mire el motor, es bien grande”, grita mientras mueve el timón.
Carlos se acerca y señala el camino. El sol ha disminuido su intensidad, pero el calor es insoportable. La tarde avanza. La cabina es diminuta. Apenas pueden estar dos personas de pié. En el centro, se encuentra un timón metálico semejante al de un galeón, que contrasta con unas palancas de mando gastadas por el uso.
Atrás, debajo de los controles, hay una especie de cuarto secreto, entumecido por el olor a diesel. El combustible que ha alimentado a Omaira, por más de dos décadas en sus cortos pero memorables trayectos. En aquel cuarto de ventanas cubiertas por plásticos publicitarios, se encuentra el corazón del ferry. Un motor gigantesco que todos denominan “Caterpillar”, en referencia a su fabricante.
De un momento a otro, Carlos hace un ademan y señala con su mano hacia una casa de la rivera. “Allá está Jorge el encargado del barco”, dice, subiéndose sus pantalonetas empapadas de agua. La casa se encuentra cerca al ferry. Es la tienda de doña Isaura. Un bar disfrazado de tienda, que se hace notar por el estruendoso sonido de la música popular.
Poco a poco el sol vuelve a aparecer y hasta la temperatura en la sombra se hace tediosa. El negocio de doña Isaura, que está justo al lado del puente del antiguo ferrocarril, espera por clientes. El lugar se encuentra casi vacio. Un reloj destartalado muestra las tres, y el único cliente acaba de llegar. Es el conductor del ferry del municipio de Ambalema.
El hombre, sentado en una de las mesas, levanta un brazo y doña Isaura reconoce la señal. Inmediatamente coloca una cerveza helada sobre la mesa. Hasta la cerveza parece sudar, debajo de aquella enramada agobiada por el calor. Con movimientos pausados Jorge toma los primeros sorbos. Sin antes saludar, se presenta amablemente y aguarda con curiosidad. Hoy también él descansa, a pesar del buen movimiento que hay los domingos, como él mismo afirma.
Es el primer inconveniente que tiene con Omaira. Desde las seis de la mañana estuvo despierto, esperando a que Omaira estuviera en condiciones de cruzar una y otra vez el rio. “Mire, ya son las tres y media y sigo desocupado”, y continua “malo malo esos repuestos llegan hasta mañana”. De nuevo pide otra cerveza.
Jorge interrumpe la conversación con un grito inesperado. Saluda a un hombre en un vehículo. “Es un cliente habitual de Omaira”, susurra. Se acomoda la gorra y continúa explicando. Dice que desde 1988 el ferry ha transportado centenares de carros y motos, a través de los ciento veinte metros de agua café oscura que separan los muelles. Mientras tanto, se levanta y camina hacia el ferry. Sobre la plataforma de transporte, describe como se montan los vehículos y advierte que el mantenimiento de la maquina es indispensable.
De un salto, Jorge Orjuela se para sobre la vieja cabina y, como un guía turístico profesional, continúa señalando con las manos. Su camisa roja contrasta con el verde y blanco del ferry. Girando el timón, de ese que no se desprende durante todo el día, intenta encender el barco. Un fuerte sonido se escucha, pero es en vano. Omaira no posee las fuerzas de otros días.
Después de las cuatro, cuando la luz ardiente del sol parece esconderse detrás de los arboles de la rivera, el ferry continua aguardando. El conductor de rostro bronceado y ojos escurridizos, casi arrodillado, descarga una botella vacía sobre Omaira. Se sostiene de un gran lazo de amarre sobre la proa de la embarcación y señala un letrero. Con letras en mayúscula, amarillas como el vástago frontal del barco, se lee claramente: FERRY OMAIRA AMBALEMA. Un nombre inolvidable para una máquina inmortal. En memoria de Omaira Sánchez, la niña de Armero, que yace bajo el suelo de las ruinas de la ciudad blanca de Colombia.
De a poco se va formando una nube de jejenes y se acumulan en la rivera. Jorge se levanta y comparte un par de saludos con otro hombre, encargado de una de las lanchas de transporte. Al mismo tiempo, regaña a un niño que brinca desde el ferry al rio. Sobre la plataforma del ferry, construida a partir de tablones de madera burda, comienzan a llegar varias personas. Habitantes de Ambalema, curiosos y turistas. Aprovechan la situación y se toman una que otra fotografía.
Jorge camina de vuelta hacia la tienda de doña Isaura. Se sienta de nuevo en el mismo lugar, en la misma mesa. Y desde lejos se ve como le sirven otra cerveza. Espera que el daño se solucione pronto, debido a que vive del salario que se gana manejando el ferry del municipio. A eso de las cinco, cuando los mosquitos se hacen dueños del rio y la tarde muere, el trayecto en lancha a Gramanotal se hace algo melancólico. En menos de cuatro minutos se pasa de un departamento a otro, y allí, otras historias conviven con el Magdalena. Desde Gramanotal, el ferry de Ambalema se ve diminuto, y en la rivera sólo sobresale la gran torre de la iglesia del pueblo.
De vuelta al municipio, el ruido del motor de la lancha se entremezcla con la música popular de los negocios en la rivera. Mientras la lancha comienza a detenerse, un niño de unos diez años mide la altura del agua para evitar encallar. El recorrido es corto. Es el recorrido diario de Omaira. La máquina que transporta vehículos día y noche a través del rio grande.
En la rivera, ya casi a las seis, la silla de Jorge está vacía, sólo hay botellas de cerveza vacías en la mesa. Desde esa mesa, al lado de las escaleras que conducen al conocido negocio, se ve el rio desaparecer. El mar de agua dulce que pasa indiferente, desaparece con la llegada de la noche, y Omaira, el ferry inmortal de Ambalema, espera que la noche sea corta, para poner fin a su inusual descanso.
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